Volvemos a arder.
lo de contaminarme los pulmones por las noches,
lo de llenar de alcohol los fines de semana,
lo de buscar en otras bocas tus besos,
en otros sures mi norte.
lo he vuelto a hacer.
he vuelto a escribir.
por un tiempo lo dejé,
pensé que ya no tenía más que decir.
más que decirnos, que decirte.
pensé que el final era una posibilidad real.
pero ¿a quién coño quiero engañar?
eres ese capítulo de un libro que empiezas
y dejas a mitad.
esa página exacta en la que decides cerrar
pero dejas clavada una señal
y así se queda.
en términos que puedas entender,
eres la calada de ese último peta de la noche
que dejas a mitad cuando te quedas dormido.
se queda en el cenicero toda la noche
y cuando ya no te acordabas de que existía…
lo vuelves a encender.
eso me pasa contigo,
cuando menos lo espero…
volvemos a arder.
Más de 400 días.
y me pongo otra vez la última cerveza
por ahora.
entraste un día en mi cabeza
y todavía pienso que podré echarte de aquí
si me cargo mis neuronas con alcohol
y los pulmones con un poco de todo.
si me quito yo de en medio
quizás pueda sacarte de aquí dentro…
tú te marchaste y, sin embargo,
no sabes que nunca te has ido.
hace más de 400 días que empecé a buscar tus manos
entre los brazos de otros.
y así sigo.
Al final siempre es lo mismo.
esta noche es tuya.
con todas sus estrellas, con su luna
y con toda su decadencia.*
te miro, pero no me conoces;
me miras, pero no te conozco.
no sé cómo nos encontramos
con lo perdidos que estábamos.
pero si ahora me encontrara en tus ojos...
sé que no me encontraría.
sé que estoy perdida
cuando solo quiero encontrarte.
y pensar que hubo un tiempo
en que te hablaba mejor en silencio que hablando.
yo es que soy mucho de querer
morder la boca que no me habla,
de engancharme a lo que me mata
pero me hace sentir viva.
y es una putada.
todo lo que ha llovido desde que nos conocimos
y parece que no va a parar.
al final siempre es lo mismo:
cerveza como solución a todos los problemas.
y es que pretendemos salir ilesos del amor,
cuando de la vida saldremos muertos.
No desaparezcas.
no sé si se puede morir de amor
pero sé que hay gente que se muere de miedo
y de eso tengo un rato.
tengo tanto miedo a que desaparezcas...
tengo la sensación de que me estoy arrancando
el corazón deliberadamente.
me vas a matar con tu puta manía
de aparecer a alegrarme la vida
e irte, dejándola vacía.
pero a veces es tan fácil dejarse llevar...
si me chantajeas con pegarme a la pared del portal
y besarme,
y otras formas que tienes de hacer poesía,
como cuando me acaricias el pelo
y me lo enredas,
pero ojalá tuviera que deshacer nudos cada día.
es increíble cuánto me gusta tu calor
y cuánto frío queda aquí cuando te vas...
es que a veces todo es gris,
pero apareces tú.
ya te digo, no sé si se puede morir de amor,
pero si muero de miedo
que no sea a que desaparezcas.
por favor... no desaparezcas.
nunca. o al menos nunca más.
y si se puede morir de amor,
que sea entre tus brazos.
Bajo el cielo de Dublín.
Puede que no sea la foto más bonita del mundo, pero para mí es aún mejor que eso. Hay que buscar la magia todos los días.
El día que tomé esta foto era libre. Eran algo así como las siete de la mañana de un miércoles. De agosto, creo. Salí a fumar un cigarro pese al frío, en compañía de una de esas personas que se cruzan en tu vida durante un instante y tienen un aura especial que hace parecer que siempre hubieran estado en ella aunque vengan de la otra punta del mundo. Y en aquella terraza, me senté en el suelo a lo indio. Me quedé en silencio y me di cuenta de que Dublín estaba en silencio también. Me pregunté cómo sería vivir todo el tiempo en una de esas casas. Supuse que entonces se perdería la magia. Pero esa mañana... o mejor dicho, cuando mi noche aún no había acabado, yo era libre y todo estaba lleno de magia.
El silencio de Dublín y el misterio de las personas que vivían en esas casas. Lo bien que sentaba el humo con ese frío en pleno agosto. Y miré al cielo. Miré, respiré profundamente y al ver el amanecer fui consciente de esa magia. Que el arcoiris atravesaba Dublín desde el sol hasta el suelo justo a mi izquierda. Que, al otro lado, el cielo no era azul a esa hora a la que nadie lo miraba. Tenía tres colores y yo estaba allí y podía disfrutarlo. Y sentí que aquello era ser libre: creer que el cielo está allí solo para ti aunque cubra un mundo entero. Que nadie perturbe tu silencio, que nadie destroce ese momento con palabras.
Y quise capturar ese momento. Menos mal. La leyenda que puse en esa foto fue: "lo bonitos que son los amaneceres y el poco caso que les hacemos normalmente. Deberíamos avergonzarnos de ello". Meses después he visto esa foto y revivido esa magia cuando más falta hacía. Como si eso no fuese magia también. Y leer esas frases de las que acompañé mi momento privado con el cielo ha servido para avergonzarme de ello. Si quiero ser así de libre, si quiero sonreír... Solo he de hacerle un poco más de caso a los amaneceres. Y a esas cosas que están ahí aunque no nos demos cuenta.
