Cuando a los ojos del mundo no eras nadie, mis ojos te vieron. Vieron que podías ofrecer muchas cosas y te dejé que me las dieras, y yo también te di de mí todo lo que supe darte. A veces me equivoqué, es cierto, pero mi mayor error fue dejar que te convirtieras en mi sombra, en mi estela, para llegar a ser alguien que predica unos valores y practica otros, o incluso no practica ningún tipo de valor. Y sí, ya no te quiero, pero cuanto te quise... y cuanto me dolió admitir que quien vi entre la niebla, ya no existe. Hoy ya no me duele nada, tan sólo siento lástima ajena de ver como te has podrido en tu innecesaria metamorfosis. Pero ya hace tiempo que se fue el último dolor que me causaste, pues desde entonces tu nombre, como tú mismo, no existe.
Ya no existe.
Cuando a los ojos del mundo no eras nadie, mis ojos te vieron. Vieron que podías ofrecer muchas cosas y te dejé que me las dieras, y yo también te di de mí todo lo que supe darte. A veces me equivoqué, es cierto, pero mi mayor error fue dejar que te convirtieras en mi sombra, en mi estela, para llegar a ser alguien que predica unos valores y practica otros, o incluso no practica ningún tipo de valor. Y sí, ya no te quiero, pero cuanto te quise... y cuanto me dolió admitir que quien vi entre la niebla, ya no existe. Hoy ya no me duele nada, tan sólo siento lástima ajena de ver como te has podrido en tu innecesaria metamorfosis. Pero ya hace tiempo que se fue el último dolor que me causaste, pues desde entonces tu nombre, como tú mismo, no existe.
Fourteen.
y se creía la dueña del universo
primeras caladas, segundos o terceros besos
que iban perdiendo el valor del primero
primeras veces de grandes o pequeños acontecimientos
pero todos ellos igual de especiales para ella.
primeras veces que anunciaban las muchas
en que ella perdería la cabeza,
y mucho tiempo perdiendo el rumbo
o sin rumbo
o en nuevas direcciones imprevisibles.
entonces ella iba a cumplir los sweet sixteen
convencida de que no existían los errores,
de que no quedaba más por aprender
pero no sabía nada todavía.
y cumplió los sweet sixteen
pero no fueron tan dulces
ni tan amargos como a veces se creía, y creía
que no quedaba más por lo que llorar,
que no podía caer más veces al vacío,
que no podría nadie haber cometido tantos fallos
y que de pronto todo se sustentaba sobre el absurdo.
los sweet sixteen quedaron lejos,
y los fifteen resultaban agridulces al recuerdo,
tantas primeras veces, primeros sentimientos.
tantas formas de cometer errores
y tan divertidas, tan únicas.
porque un día fue la dueña de su universo,
pero también la dueña de sus actos
y la dueña de sus consecuencias.
a los sweet sixteen ella prefería pensar
que era víctima de su inconsciente,
de su universo, de sus actos y sus consecuencias
pero al final aprendió,
-porque siempre le quedaba algo por aprender-
que no era víctima de nada ni de nadie,
si acaso ingeniera de su mundo perfecto
o de su mal camino,
según en qué día prefiriese pensarlo.
pero siempre será dueña de su universo,
de aquel camino que escoja para andar,
o para correr, o para escalar.
eso sí, sin tomar nunca el camino hacia la huída
y disfrutando cada vez
de la primera vez
de la vez número mil de cada cosa,
como cuando estaba a punto de cumplir los sweet sixteen.
Salvavidas.
y amanecer dándote cuenta de que ella es el más perfecto cúmulo de golpes, vicios e imperfecciones.
solo ella te destroza así con verdades que te duelen y agradeces.
y sí, es la única que te mira a los ojos y te dice lo que no quieres escuchar sin vacilar,
la que también sabe, además, regalarte los oídos cuando no quieres escuchar más juicios
porque no entra en su mente crítica juzgarte, sino apaciguar tus fieras y decirte cómo arreglar las cagadas.
ella, exclusivamente ella. la que intenta que dejes de buscar precipicios por los que volcarte, con más o menos éxito,
pero aún así olvida esas tres palabras que suelen hacer eco en tu conciencia de “te lo advertí”
para aparecer en el momento más preciso y llamar a las palabras exactas que harán que te levantes y sonrías y que después te conteste:
“deja de hundirte en tu mierda, ¿quieres sexo, tequila o empiezas ya a mirar de frente a la vida?”
sonrojándote hasta extremos que no pensaste ni que existían,
oscilando en una balanza si te apetece más escucharla o follártela,
sabiendo que la mayoría de veces te la follarías,
pero más de la mitad no te quedaría otro remedio que escucharla.
solo ella tiene la virtud de reanimarte a ostias, el defecto de la sinceridad inoportuna,
la que nadie dice porque duele, pero cuanto más duele más vicia.
y cómo vicia... perderse a uno mismo y que ella te encuentre,
sabiendo que podrás perderte quién sabe cuántas veces más
y aparecerá una y otra vez,
y te joderá una vez más, pero ya habrás olvidado cómo no agachar la cabeza para decirle que vuelva
que necesitas sus malditas advertencias para seguir haciendo exactamente lo que no deberías
y que así vuelva cuando se te hunda el dolor en el costado y acabe con él,
contemplando cómo hace maravillas de las miserias,
cómo cada paso mal dado se convierte en una adicción innata a sus rescates
y cómo puede ser tan irremediable que no sepas hacer las cosas bien,
que no sepas darle las gracias por existir cuando recuperas el aliento después del coma,
ni tampoco antes,
que solo sepas acercarte a ella pavoneándote de tu fingida perfección sin ella
o rogándole como un necio que te abra la puerta.
y ni en cien años reconocería en voz alta que ella siempre “me lo advirtió”
pero nunca me previno de que además de comer, fumar, dormir y beber
algún día ella sería otra necesidad vital en mi vida.
y otro día distinto se marchará para siempre
y puede que me arrepienta de no haberle dicho “te necesito”,
pero sí, se habrá marchado y será tarde.
y aunque pudiese ir a buscarla y gritarle frente a frente, cuerpo a cuerpo,
“si te vas, la mitad de mí se muere en vida”
no lo haría.
