Porque tu risa es un vicio y lo demás sucedáneos.
Eternamente suya.
Llegó con él a ese lugar que tantas historias albergaba. Allí estaba ella, acaparando toda la luz que pudiese haber en ese lugar, impidiendo que lo que le rodeaba pudiese ser visto como algo más que sombras por aquellos ojos, por aquella mirada que él mantenía fija en ella inevitablemente. Fue después de unos minutos cuando su amigo advirtió su gesto embobado y le dijo: «Mírala. ¿Te gusta?». Esto alertó a X e hizo que reaccionase rápidamente, retirando aquel gesto para comenzar a fingir nuevamente que ella no tenía cabida en su mundo, pero él insistió: «Te gusta ¿verdad? Si quieres, es tuya.» ¡Pensar que aquella mujer tan prohibida y tan única, pero también tan cercana, podía ser suya! ¿Quién lo habría imaginado?
De hecho, X se lo había imaginado miles de veces, pero siempre se había visto obligado a acabar retirando esas fantasías de su mente con tal de no aceptar que le quería, y además, le admiraba. Entonces tomó conciencia de las palabras que su amigo acababa de pronunciar: «puede ser tuya.» Todo esto pasó en menos de ciento ochenta segundos. Y realmente su amigo terminó aquel discurso de forma rápida y concisa, mientras todos esos vaivenes de duda sobrevolaban la cabeza de X.
Sus palabras fueron: «Mírala. Te gusta, ¿verdad? Si quieres, es tuya. -dejó que X pensara acerca de aquello unos segundos y continuó- Tan sólo tienes que luchar por demostrarle que le quieres. Ella nunca ha pedido más. Nunca necesitará nada más que amar y sentirse querida, pero amar a una mujer como ella es mucho más difícil de lo que piensas. Puedes tenerla rápidamente: ve ahí, dile que le quieres y dale un beso. ¡Y no pienses en qué, quiénes o cuántos hay a tu alrededor! Haz eso y habrás alcanzado la meta. Será tuya, pero tendrás que amarla todos los días para mantenerla. Si le quieres, puedes creerme: será eternamente tuya. Eternamente».
Aquella noche, X la contempló durante horas. Vio como reía, y como hacía reír a los demás. Notó esa adicción en que se había convertido verla sonreír y soñar con ella. Y cuando estaba casi amaneciendo, tocó tras su hombro y le dijo: «Te quiero. Y soy tuyo para siempre. Sé mía... eternamente»."
Frases difusas.
en algún ejercicio ineficaz de olvidar
esa terrible incapacidad humana que es
no poder desaparecer, esfumarse,
sencillamente extinguirse sin que nadie se pregunte por qué,
me acordaré de haber reído a tu lado
y maldeciré una vez más mi inutilidad
a la hora de evadirme de la realidad,
blasfemaré contra Dios
y probablemente contra quien se me ponga por delante
y aún tendré huevos a preguntarme
una y otra vez, de forma indefinida,
por qué parece imposible olvidarse de cada abrazo,
de cada reciprocidad de gestos
el uno hacia el otro, y el otro hacia el uno;
cuando sé perfectamente que el único motivo
por el que mi memoria retiene ciertas cosas
que mi ser desearía fulminar
estaba en boca de la protagonista
de alguna peli adolescente de finales de los 90...
“pero sobretodo odio no poder odiarte,
porque no te odio,
ni si quiera un poco”.
