entonces ella iba a cumplir los sweet sixteen
y se creía la dueña del universo
primeras caladas, segundos o terceros besos
que iban perdiendo el valor del primero
primeras veces de grandes o pequeños acontecimientos
pero todos ellos igual de especiales para ella.
primeras veces que anunciaban las muchas
en que ella perdería la cabeza,
y mucho tiempo perdiendo el rumbo
o sin rumbo
o en nuevas direcciones imprevisibles.
entonces ella iba a cumplir los sweet sixteen
convencida de que no existían los errores,
de que no quedaba más por aprender
pero no sabía nada todavía.
y cumplió los sweet sixteen
pero no fueron tan dulces
ni tan amargos como a veces se creía, y creía
que no quedaba más por lo que llorar,
que no podía caer más veces al vacío,
que no podría nadie haber cometido tantos fallos
y que de pronto todo se sustentaba sobre el absurdo.
los sweet sixteen quedaron lejos,
y los fifteen resultaban agridulces al recuerdo,
tantas primeras veces, primeros sentimientos.
tantas formas de cometer errores
y tan divertidas, tan únicas.
porque un día fue la dueña de su universo,
pero también la dueña de sus actos
y la dueña de sus consecuencias.
a los sweet sixteen ella prefería pensar
que era víctima de su inconsciente,
de su universo, de sus actos y sus consecuencias
pero al final aprendió,
-porque siempre le quedaba algo por aprender-
que no era víctima de nada ni de nadie,
si acaso ingeniera de su mundo perfecto
o de su mal camino,
según en qué día prefiriese pensarlo.
pero siempre será dueña de su universo,
de aquel camino que escoja para andar,
o para correr, o para escalar.
eso sí, sin tomar nunca el camino hacia la huída
y disfrutando cada vez
de la primera vez
de la vez número mil de cada cosa,
como cuando estaba a punto de cumplir los sweet sixteen.
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