Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero. Podría dejar de escribir aquí, después de plasmar una frase tan manida como cierta, pero en este momento sin ti, sinceramente, me creo morir. Por más que intente aliviar tu ausencia pensando que tu presencia me mata, no es consuelo si en el fondo solo pienso que mis lágrimas podrías secarlas tú, quien me las causa. Y sí, sé que me fui por mi propio pie, pero empujada por el infierno de tu presencia, una pequeña llama a la que tú echabas más leña. Ojalá se me hubiese ocurrido la manera de apagar el fuego, pero pensando que si corría no ardería yo en aquel infierno, descubrí que el propio viento es capaz de propagar el fuego. ¿Y cómo iba a poder yo, tan pequeña, luchar contra el mismísimo viento? ¿Cómo iba a saber que por más que huyera, ya estaba condenada fuese contigo o con tu ausencia? Sin embargo hoy, me atormenta más tu ausencia. Regresaría a ti sin pensarlo, me fundiría en un abrazo, lloraría en tu hombro y disfrutaría mientras tú me consolaras. Dios sabe cuánto tiempo duraría aquel alivio: fumando un cigarro se desprendería una chispilla a la que avivar el fuego hasta volver al infierno, y así sucesivamente hasta este punto de no retorno. Sin vuelta atrás, pero ¿puedo andar más hacia delante? De verdad, ¿ya estoy condenada en cualquiera de los casos a sufrir por igual tu infierno que el infierno de tu ausencia?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario