Lo malo de los que escribimos es que
podemos bucear en nuestra memoria incluso recordando aquello que ya habíamos
olvidado, porque lo dejamos escrito.
A veces, cuando estás en calma, de pronto
empiezas a revivir capítulos cerrados y te das cuenta de que contienen más
carga emocional de la que puedes soportar en plena quietud.
Lo malo de escribir es cuando se hace con
el alma y se deja uno la vida en letras, porque el pasado se hace presente para
siempre y puedes rescatar cuando quieras lo que te hacen sentir las historias,
pero duele demasiado comprobar que se quedaron en eso: historias.
La solución existe: tirar de tus adentros
y empujarte con esfuerzo a la asunción de que todavía tienes suerte, o alguna
vez la tuviste, por vivir esas historias. Y lo bueno de escribir es que lo
haces mejor cuando estás completamente roto, así que a veces recordar lo hondo
de tus pozos te hace sentir alivio por haber salido de ellos.
Escribir es una condena para los que
volcamos el alma en textos sin poder remediarlo, pero nuestra condena es
nuestro único alivio.
Una vez escuché que las chicas buenas
llevan diarios, pero es mejor tener una vida que recordar aunque no la
escribas. Y es verdad. Pero más verdad es que hay emociones que merece la pena
revivir más que las historias que podamos recordar.

0 comentarios:
Publicar un comentario