No he conocido a nadie tan enamorado del tiempo como yo.
Tengo la maldita manía de mirar mucho al pasado. Y es una manía pésima, porque el pasado no me va a decir nada nuevo.
Cuando me canso de revolverle las tripas a lo que nunca pudo ser y a lo que fue, me da por jugar a ser Dios y miro el futuro como si lo pudiera cambiar. Y eso no es lo peor, no. Lo peor es que tengo la firme convicción de que un 80% de mi futuro está en mis manos y el porcentaje restante es azar.
Por eso, por ese ochenta por ciento, me paso la vida diciendo que carpe diem no es una frase perfecta para eslóganes publicitarios. O mejor dicho, lo es. Pero es mucho mejor como filosofía de vida: vive el hoy para que ayer sea sólo un recuerdo y que mañana el ayer sea un recuerdo feliz.
Disfruta el momento, que dice la frase. Así vivo: pensando en cómo sonreír y analizando qué me ha quitado sonrisas en la vida y qué me las podría dar.
Por ahora encuentro que lo que más felicidad me ha dado es la tristeza, por eso de que después de estar más jodido que nunca ya solo vas a mejor y, valga la redundancia, eso es inmejorable.
Además de la tristeza, me hacen feliz las juergas, el sexo y la cerveza. (Y el tequila, y la ginebra... Pero me hace feliz la poesía y tenía mejor rima el ambarado elixir). Placeres efímeros de la vida que se empeñan en decir que nos matan. ¡Pero por Dios! ¿Es que esos médicos prescriptores de consejos para la vida eterna no se han dado cuenta de que al final el tiempo es el que siempre nos mata?
Vivo enamorada del tiempo porque él siempre gana, tiene las mejores cartas: pasado, presente, futuro y fin.
La vida mata, así que vivamosla.
La vida mata, así que vivamosla.
lunes, 7 de abril de 2014
by Carmen Porcel
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