Mi cerveza favorita.
Nunca he sido poeta, ni escritora:
sólo un fraude.
Sólo sabía hablar de desamor,
de descosidos en el alma,
del dolor.
Escribía para deshacerme
de lo que tenía muerto por dentro,
y, la verdad,
me salía sin esfuerzo.
Lo difícil de verdad es escribirle al amor:
al de verdad, al que no anhelas, ni añoras, ni sueñas.
Será por eso que hay tantos poemas y canciones,
porque para quienes los hicieron solo eran borradores.
Ninguna letra es suficientemente buena para explicar
que el amor no se parece en nada a lo que soñamos.
Es mejor, es distinto, es imperfecto,
y mientras no nos lo creemos, lo creamos.
Hubo un tiempo en que yo llevaba la cabeza
sobre los hombres,
y apareciste de la nada
con la firme intención de desarmarme.
Me salió una risita nerviosa:
la de "si me quito la coraza, no sales vivo",
pero saliste e incluso entraste,
quizás herido, pero vivo.
Lo vi todo tan negro que lo tuve todo claro
y, como dijo Marwan, "bajé la guardia y subió el amor"
-que no está la vida como para quedarse con las ganas-.
Caí en la tentación y no me libró de ningún mal.
Caer en tus brazos me libró de mí misma.
Yo, que siempre amé dormir sola en la cama,
si no es en tus brazos ya no lo llamo dormir.
Aquí estoy, sin factor de protección.
Disfrutando cada instante,
con la piel desnuda y sin miedos.
Después de tu voz,
el silencio se me hace grande
y todo lo demás es ruido.
No me habléis de música
si no habéis escuchado su risa.
Y tú haces que mi risa
sea una canción interminable.
Que lo difícil nunca fue querer:
sino dejarse querer
y, sobre todo,
escoger por quién.
A veces me asusta pensar
que estoy viviendo un sueño sin terminar,
porque todos los sueños terminan al despertar.
Pero, si podemos flotar,
¿a quién le importa la distancia hasta el suelo?
Voy a venirme muy arriba
si prometes esperarme debajo.
Y ojalá nos queramos siempre,
y si no, mientras dure,
querámonos bien.
Lo que más me gusta de esta nueva vida
es tenerte dentro o, por lo menos, cerca.
Que mi cerveza favorita es compartida.
La que sea, pero contigo.
Escribir.
Las personas cambian.
Cómo puede ser que los años me hayan enseñado que tenemos más en común de lo que pensaba cuando te quería por ser tan jodidamente distinto a mí y al resto del mundo que yo conocía. La cuestión es que yo te decía que no iba a cambiar nunca y tú decías “las personas cambian, todo el mundo cambia”. Lo que nunca imaginé es que, huyendo de ti, terminaría convirtiéndome en tu reflejo. O al menos en el reflejo del “tú” que yo conocí, si es que alguna vez realmente te conocí. Lo cierto es que me decías verdades reveladoras con tanta facilidad como encendías el mechero mientras te fumabas un peta en el balcón de turno. Me lo pasabas tres veces y me entraba la risa tonta. “Si es que no fumas nunca, tía”. Lo que sí sabía a ciencia cierta es que mientras te sacaba de quicio por no hacer siempre lo mismo que tú y no pensar nunca como tú, te divertías al ver cómo me enredaba en argumentos que invalidabas a base de whisky y caladas. Jugabas conmigo, casi sin quererlo, a saber lo que querías que pasara y yo fingía, a veces queriendo y otras sin quererlo, que no sabía que pasaría. Pero pasaba. Y pasó muchas veces. Tú te creías muy distinto al resto del mundo y yo te veía así, porque entonces yo solo sabía mirar el mundo a través de tus ojos. Ahora sin duda no somos tan distintos, pero sí distantes. Prefería cuando era al revés. Contigo siempre fue todo del revés: cuanto más te quise, más te odié; cuanto más lejos te siento, más cerca te quiero. Ahora vivo del revés y a menudo pienso que sólo tú podrías poner mi mundo en su sitio. Esa es una batalla perdida: ya no sé si me fui, te fuiste o te dejé marchar. Sé que han pasado años y no volverás, no volveremos. “Las personas cambian, todo el mundo cambia”. Lo decías con tanta seguridad y sencillez que me fascinaba, pero no cesaba en mi empeño por negártelo. Cambié. Cambiaste. Nos cambiamos. Y por cambiarnos ya nunca seremos esos dos que un día se quisieron. Ya no soy la que quisiste ni tú el que quise, aunque aún le quiero.
El sueño es vida.
Nunca perderé la esperanza de vernos de nuevo en otra playa, otro banco, otra vida.
Y puesta a imaginar, será casualidad. Quizás tengamos canas, hasta en sueños pido poco.
Lo que no dudo, ni despierta, es que no podría haber más emociones en una mirada.
Me imagino cualquier parte llena de gente y sé que todo nos parecería vacío.
Conociéndonos, solo podrían despistarnos dos cosas: el nivel de humo en la risa y el de alcohol en la sonrisa.
A mí me daría un vuelco el corazón, y la vida, y sé que perdería la cabeza de nuevo si te mirase un minuto...
Tal vez la suerte que he tenido es que me han robado tu mirada y tampoco yo puedo mirarte.
De no ser así no habría aprendido casi nada de la vida.
Gracias a ti aprendí que eso de no saber lo que tienes hasta que lo pierdes, no es nada comparado con perder lo que nunca has tenido.
Tirando de refranero, es verdad que lo último que se pierde es la esperanza.
A mí un día me despertó tu mirada y desde entonces solo quiero soñar para volver a verla.
Y que no se encuentren nunca más nuestras miradas, la realidad nunca estará a la altura de los sueños.
Sueño para mantenerme viva y cada vez que sé que solo es sueño se me va un poco la vida.
Aunque cuando una mirada te quita poco a poco la vida... eso es vida.
La vida mata, así que vivamosla.
Tengo la maldita manía de mirar mucho al pasado. Y es una manía pésima, porque el pasado no me va a decir nada nuevo.
Cuando me canso de revolverle las tripas a lo que nunca pudo ser y a lo que fue, me da por jugar a ser Dios y miro el futuro como si lo pudiera cambiar. Y eso no es lo peor, no. Lo peor es que tengo la firme convicción de que un 80% de mi futuro está en mis manos y el porcentaje restante es azar.
Por eso, por ese ochenta por ciento, me paso la vida diciendo que carpe diem no es una frase perfecta para eslóganes publicitarios. O mejor dicho, lo es. Pero es mucho mejor como filosofía de vida: vive el hoy para que ayer sea sólo un recuerdo y que mañana el ayer sea un recuerdo feliz.
Disfruta el momento, que dice la frase. Así vivo: pensando en cómo sonreír y analizando qué me ha quitado sonrisas en la vida y qué me las podría dar.
Por ahora encuentro que lo que más felicidad me ha dado es la tristeza, por eso de que después de estar más jodido que nunca ya solo vas a mejor y, valga la redundancia, eso es inmejorable.
Además de la tristeza, me hacen feliz las juergas, el sexo y la cerveza. (Y el tequila, y la ginebra... Pero me hace feliz la poesía y tenía mejor rima el ambarado elixir). Placeres efímeros de la vida que se empeñan en decir que nos matan. ¡Pero por Dios! ¿Es que esos médicos prescriptores de consejos para la vida eterna no se han dado cuenta de que al final el tiempo es el que siempre nos mata?
Vivo enamorada del tiempo porque él siempre gana, tiene las mejores cartas: pasado, presente, futuro y fin.
La vida mata, así que vivamosla.
