Si volviera a nacer, volvería a por ti. Si hubiese otro mundo, me iría contigo. Si lo sabes todo de mí y yo lo sé todo de ti… ¿por qué no puedo decir lo más sincero? ¿Por qué mi sensatez le suplica a mis deseos que se callen? ¿Y por qué estos le obedecen sin querer? Si ella te hace sufrir y te hundes, y yo te rescato de lo más hondo de tu ser a carcajadas, si ella te corta el brazo y yo te presto mi mano, si ante cada rasguño que ella causa corres hasta mí sabiendo que yo curaré tus heridas mejor que el alcohol, ¿por qué sé que a pesar de todo tú vives por ella y ella lo sabe también? Tan solo me gustaría que ella supiera cuidarte como lo hago yo, para no tener que verte nunca más. Te echaría de menos cada día, pero sabría que no pude hacer más. Ahora siento que por más que hago, nada es suficiente. Todo lo doy, pero nada vale. Quizás es por lo que callo, tal vez por lo que no digo, seguramente es que el silencio ganó de nuevo la batalla. Nunca se me dio bien perder, pero esta vez te entrego mi silencio. Hágase el silencio, cúrense las heridas. Sumisa a la sensatez, presa del silencio. Tan sólo tú podrías liberarme, si tú no lo quieres, no valdría la pena ganar la batalla al silencio. Tú eres el dueño de lo que no digo, ella es la dueña de lo que callo.
(Escrito a 31/05/2010).

0 comentarios:
Publicar un comentario