Te conocí hace mucho tiempo, aunque parezca que fue ayer. Pronto me llamó la atención tu incapacidad para enamorarte. Tampoco tardé mucho más en vislumbrar tu miedo al amor, que más que miedo, a día de hoy sé que es pánico. Siempre he pensado que soy un ser hecho para el amor, aunque cuando te miro, veo en mí también a un ser ligeramente aterrado. Soy perfectamente capaz de comprender tu pánico. Sin embargo, sé que eres un ser hecho para amar. Probablemente un ser aterrado por el amor es el que mejor conoce la inmensidad de esta palabra. La valora, sabe lo que implica, sabe que hay un durante y un después, y aunque teóricamente yo siempre afirmaría que cualquier persona enamorada debería arriesgarse sin pensar en un después, a veces el ser conocedor de la inmensidad de la palabra amor, hace que por mucho que ames, temas el “después”. Es bonito pensar que no habrá un después, pero ¿y si lo hay? Sigo afirmando que siempre es mejor arriesgarse, pero no por ello dejo de comprender que a veces somos incapaces de arriesgarnos.
Nos ciega el propio amor, el pensar que si hay un después, será el comienzo de los días sin alguien, y los días sin esa persona nos aterran mucho más que el propio riesgo de enamorarse. No obstante, es incontrolable. Por mucho miedo que tengamos caemos una y otra vez, pero intentamos frenarlo. Si tienes miedo, simplemente miedo, es posible que alguna vez (muy particular) no consigas frenar tus impulsos de amar y caigas, pero si en vez de miedo tienes pánico, es posible que no te dejes caer nunca. Un “nunca” muy relativo, porque a veces el sentimiento se apoderará de la razón mal que nos pese, y si el sentimiento se apodera de la razón, todo lo que un día frenamos, se olvidará de pronto. Lo daremos todo, lo daremos rápido, lo daremos a lo grande. Haremos de la inmensidad de la palabra amor una profundidad aún más inmensa si cabe. Y si no recibimos lo mismo, aguantaremos de pie, intentando no caer en la profundidad de la enorme caída que nos espera por haber creado tanta inmensidad alrededor de la palabra amor, pero si no recibimos lo mismo, por mucho que soportemos, acabarán dejándonos caer. Y caeremos, cada vez con más miedo a enamorarse.
Yo un día comprendí que no hay que dejar vencer al miedo sin más, hay que tratar de ganarle las batallas. Empatizo contigo. Puedo meterme en los pasillos de tu mente sin perderme, meterme en esos pasillos en los que tú mismo te pierdes, esos que te parece que por más que los camines una y otra vez, siempre han cambiado. Pero puedo caminar por ellos sin pérdida alguna por más que cambien. Ahora sólo me gustaría introducir en ellos el valor para amar, y así saber si no nos arriesgamos juntos por miedo o por indiferencia.
Nos ciega el propio amor, el pensar que si hay un después, será el comienzo de los días sin alguien, y los días sin esa persona nos aterran mucho más que el propio riesgo de enamorarse. No obstante, es incontrolable. Por mucho miedo que tengamos caemos una y otra vez, pero intentamos frenarlo. Si tienes miedo, simplemente miedo, es posible que alguna vez (muy particular) no consigas frenar tus impulsos de amar y caigas, pero si en vez de miedo tienes pánico, es posible que no te dejes caer nunca. Un “nunca” muy relativo, porque a veces el sentimiento se apoderará de la razón mal que nos pese, y si el sentimiento se apodera de la razón, todo lo que un día frenamos, se olvidará de pronto. Lo daremos todo, lo daremos rápido, lo daremos a lo grande. Haremos de la inmensidad de la palabra amor una profundidad aún más inmensa si cabe. Y si no recibimos lo mismo, aguantaremos de pie, intentando no caer en la profundidad de la enorme caída que nos espera por haber creado tanta inmensidad alrededor de la palabra amor, pero si no recibimos lo mismo, por mucho que soportemos, acabarán dejándonos caer. Y caeremos, cada vez con más miedo a enamorarse.
Yo un día comprendí que no hay que dejar vencer al miedo sin más, hay que tratar de ganarle las batallas. Empatizo contigo. Puedo meterme en los pasillos de tu mente sin perderme, meterme en esos pasillos en los que tú mismo te pierdes, esos que te parece que por más que los camines una y otra vez, siempre han cambiado. Pero puedo caminar por ellos sin pérdida alguna por más que cambien. Ahora sólo me gustaría introducir en ellos el valor para amar, y así saber si no nos arriesgamos juntos por miedo o por indiferencia.
(Escrito a 05/04/2010)


0 comentarios:
Publicar un comentario